Queremos aportar a este día tan importante y multitudinario, nuestro homenaje a las víctimas en conmemoración a lo ocurrido 34 años atrás...
Historias de (Des)Aparecidos
"A fin de cuentas, ¿qué es un desaparecido? Como su nombre lo indica, un desaparecido no está vivo ni está muerto. Un desaparecido no tiene identidad. Un desaparecido es una incógnita, un gigante signo de interrogación. Un desaparecido no está, no existe”.
Desparramado en su fastuoso escritorio, uniformado para la ocasión, y mirando fijo, siempre fijo, el General Jorge Rafael Videla contestó de esta escueta y cruel manera la pregunta que, momentos atrás, le había formulado una joven periodista ante el asombro general. Y si la pregunta no era nada ingenua, tampoco lo fue la respuesta del demagogo, quien, junto con la Junta Militar, se estaba arrogando la invención de una nueva figura: el desaparecido, que no es alguien que no existe, sino alguien que está secuestrado en algún campo de concentración, pero al que no se puede llamar “detenido”, puesto que no se ha seguido los procedimientos legales correspondientes para su detención. Videla, a fin de cuentas, no estaba haciendo más que explicitar una de sus tantas teorías: si alguien está desaparecido, ese alguien no existe. Ergo, el gobierno no puede hacer nada por ellos, porque ellos no están, no son.
El pueblo argentino sabe bien que fue lo que pasó después. O, mejor dicho, antes, durante y después de ese discurso, esa escueta, cruel pero precisa definición brindada por el doctrinario presidente argentino, que no figuró sino hasta una muy reciente fecha en las páginas del diccionario de la Real Academia Española. Paradójicamente la palabra desaparecido estuvo “desaparecida” del órgano que tendría que encargarse de compendiar todas las acepciones de una palabra aceptadas en los diferentes países hispano parlantes... ¿En la memoria de los argentinos... también estará desaparecida?
Para suplir dicha falta, quizás como símbolo de protesta, de memoria encubierta – es bastante dudoso que alguien que usa la frase tenga cabal idea de su carga de sentido–, los jóvenes argentinos de hoy usamos indiscriminada y brutalmente la expresión “Está desaparecido”, cuando hacemos referencia a alguien que no vemos hace mucho tiempo por diversos motivos. “Juan está desaparecido, viste”, “Tal está desaparecido”. Porque ya no se dice “hace una banda que no lo veo a Juan”. Ahora “Juan está desaparecido”. Y Juan pudo haber desaparecido por distintos motivos: puede haber empezado a laburar, se puede haber mudado, o tener menos guita para juntarse con los amigos, estar saliendo con una chica… Pero para ellos “está desaparecido”.
Y estar desaparecido hoy es bastante diferente de estar desaparecido a finales de la década del ’70. Hoy estar desaparecido es no verse con un amigo, no encontrarse con un viejo compañero. Ayer, en el mejor de los casos, estar desaparecido era estar muerto, o en el peor de los casos, estar sometido a las más aberrantes torturas y flagelaciones que puede sufrir un ser humano, y por ende, próximo a la muerte. Sinceramente, parece bastante difícil determinar cuál era “el mejor de los casos”.
Sin embargo, a nadie se le puede escapar que las palabras, que no son otra cosa que significantes, con el tiempo, cambian, modifican su significado. Ayer había ciertas palabras para definir una cosa, hoy hay otras y mañana, mañana también habrá otras. Pero también es cierto que existen ciertas palabras que forjan, de una u otra manera, la identidad nacional de un país. Ernesto Guevara Lynch, es el “Che Guevara” por que era argentino… Claro que, habría que ver si, de haber nacido algunos años después no le habrían puesto “Boludo Guevara” o mejor, “Boló Guevara”… Parecería ser, entonces, que muchas personas en el mundo podrían decir en su idioma que “Juan está desaparecido” sin ningún tipo de inconveniente. Nosotros no. Simplemente por el hecho de que en algún momento estar desaparecido significó estar detenido ilegalmente en un campo de concentración, para finalmente ser sepultado vivo en el mar. Porque estar desaparecido significó un pacto de silencio que todo el pueblo argentino firmó tácitamente con el Proceso de Reorganización Nacional. Porque significó una cura espiritual impuesta por los oligarcas, los militares y la iglesia, junto, claro, con la aprobación de los Estados Unidos, quien hoy se rasga las vestiduras hablándonos, por medio de las relaciones carnales, de los derechos humanos. Porque en última instancia, la última razón de ese puto golpe fue instaurar un régimen económico del cual hoy todavía pagamos las consecuencias… Por todo eso, ni siquiera los jóvenes que no vivimos el Proceso tenemos derecho alguno de usar la expresión de la forma en que lo hacemos. Por ellos, por los que sí desaparecieron, pero por pensar distinto, por defender los derechos sociales o por pedir un boleto secundario. Por respeto a ellos.
Juguemos solo por un momento. Utilicemos la frase “está desaparecido” con su connotación actual, pero para referirnos a lo que “estuvo desaparecido” en los finales de los 70. ¿Sabés que estuvo desaparecido? La justicia estuvo desaparecida. Y las garantías constitucionales y las libertades individuales también estuvieron desaparecidas. Y los políticos y los religiosos, especialmente ésos que hoy se llenan la boca hablando de la democracia, estuvieron desaparecidos. Y la identidad y la vergüenza nacional también estuvieron desaparecidas. Y más de 30.000 personas estuvieron – y todavía están – desaparecidas. Pero eso es otra historia.
de Federico Guillermo Flotta
Consejero Suplente Superior
Muy bueno, Fede.
ResponderEliminarSaludos
Cecilia W